| Jesús
no estaba desplegando su poder. Era una semana común, llena
de madres impacientes que vestían a sus hijos, y padres
que salían apresuradamente para sus trabajos. Una semana
llena de platos lavados y pisos limpiados.
La
naturaleza no daba ninguna señal de que aquella semana
sería diferente a cualquiera de las miles de semanas anteriores
o las que siguieron después. El sol seguía su trayecto
habitual, las nubes salpicaban el cielo de Judea, el césped
estaba verde, las espadañas se mecían al viento.
La
naturaleza gemiría antes del domingo. Las piedras temblarían
y el cielo se cubriría con un manto negro. Uno no se imaginaría
eso mirando el lunes, martes, miércoles o jueves. La semana
no daba ningún indicio al respecto.
Tampoco
la gente mostraba alguna señal. Para muchos, era solamente
la llegada de un fin de semana festivo. Los rostros no mostraban
señal alguna de lo que se aproximaba... porque ellos tampoco
lo sabían.
Uno
podría pensar que los discípulos sospecharían
algo, pero no... Lo único que ellos sabían con seguridad
era que sus ojos estaban más enfocados, -él parecía
estar determinado- de algo de lo que ellos no estaban seguros.
Y lo más importante, Jesús no daba ninguna pista.
Usted podría pensar que los cielos se abrirían,
sonarían trompetas, los ángeles llamarían
a todo el mundo a Jerusalén para que fuesen testigos del
evento. Usted pensaría que el mismo Dios descendería
para bendecir a su Hijo. Pero no lo hizo. Dejó el extraordinario
momento envuelto en lo cotidiano.
Para
la gente de Jerusalén, la proximidad de la hora más
notable de la historia ocurriría dentro de una semana sin
nada destacable. Dios está en su ciudad y muchos de ellos
se lo pierden. Jesús podría haber hecho algo espectacular
para llamarles la atención; los podría haber dejado
pasmados haciendo lazos y maravillas con una soga o saliendo del
templo dando vueltas y saltando hacia atrás. Cuando ellos
exigieron: ¡Crucifícale! ¿por qué no
les hizo crecer la nariz?
¿Por
qué el poder milagroso de Jesús quedó en
silencio en esta semana? ¿Por qué no hizo algo espectacular?
Ningún escudo angelical le protegió la espalda de
los latigazos. Ningún yelmo santo cubrió su frente
de las espinas de la corona. Dios se metió en las profundidades
de la miseria humana, se sumergió en la oscura cueva de
la muerte y emergió de allí...vivo.
Dios
nos llama a un mundo real. Él no se comunica haciendo trucos.
Él no es un ilusionista, un genio, un mago o un encantador.
Él es el creador del universo, aquí mismo, en el
fragor de su día Dios le habla por medio del arrullo de
los bebés y los vientres hambrientos. No pierda lo imposible
esperando lo increíble...Escúchelo en medio de lo
cotidiano.
En
la semana final, aquellos que pedían milagros no recibieron
ninguno, y se perdieron el único. Perdieron el momento
en el cual una tumba de muerte se convirtió en el trono
de un rey. |